Sábado, 18 de noviembre de 2017
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HACIA DONDE VA EL PSOE (I). El contexto histórico de la crisis de la socialdemocracia

El reciente golpe de mano sufrido por Pedro Sánchez, que le ha forzado a presentar su dimisión como Secretario General del PSOE, supone un nuevo hito en el declinar de un partido que en su día llegó a tener una posición hegemónica en el conjunto del Estado español y que ya desde hace años se hunde en una caída que parece no tener fin. Aunque con características propias este proceso no puede separarse de la crisis, que con formas y tiempos diferentes, asola a toda la socialdemocracia europea y que en última instancia no es más que el reflejo de la propia crisis del sistema capitalista y de su incapacidad para otorgar un mínimo margen que permita mantener unas condiciones de vida dignas para el conjunto de los trabajadores.

Las líneas ideológicas de la socialdemocracia surgen a finales del siglo XIX y principios del XX dentro de un entorno de crecimiento económico que se apoyaba en la expansión imperialista de las grandes potencias occidentales, situación que posibilitó que ciertos sectores de la clase trabajadora pudieron elevar sus niveles de vida priorizando, contra la perspectiva revolucionaria, las conquistas económicas del día a día. Sobre esa base material los que debían de haber sido los sucesores teóricos de Karl Marx y Friederich Engels (Bernstein, Kautsky…) abandonaron los fundamentos revolucionarios de sus maestros y pasaron a adoptar una posición que planteaba, a través del crecimiento electoral y el trabajo parlamentario, la introducción gradual de reformas en el funcionamiento del capitalismo para de esta manera avanzar, de forma lenta pero constante, hacia el socialismo. Unas teorías que planteaban una posición revisionista del verdadero marxixmo y que buscaban en realidad conciliar los intereses del sector más favorecido de la clase obrera con sus amos burgueses e imperialistas. El resultado de esta deriva es bien conocido: la claudicación de los grandes partidos socialistas ante sus burguesías nacionales y el apoyo a los manejos del imperialismo durante la I Guerra Mundial.

Tras la guerra, lejos de corregir sus posiciones, la socialdemocracia profundizó en ellas. El apoyo a la contrarrevolución en Rusia o Alemania (donde el SPD permitió y facilitó el asesinato de los grandes revolucionarios Rosa de Luxemburgo y Karl Liebknecht), su incapacidad para gestionar la crisis capitalista de los años 30, o la traición de los laboristas ingleses y los socialistas franceses a la república española ante el golpe fascista de 1936 son buenos ejemplos de ello.

Los años dorados.

Pero el gran momento de la socialdemocracia llegaría realmente tras el final de la II Guerra Mundial, la enorme destrucción que esta supuso creó las condiciones para que el capitalismo pudiera al fin superar la crisis que arrastraba desde 1931, apoyándose además en la capacidad económica de unos Estados Unidos que salían relativamente indemnes de la guerra y convertidos en la nueva gran potencia mundial. A esta situación favorable en lo económico y que otorgaba el margen necesario para permitir reformas que fueran en beneficio de la mayoría de la población se unía la presión de una clase trabajadora, que tras desangrarse luchando contra el fascismo, deseaba ahora conseguir un más justo reparto de la riqueza apoyándose además en el ejemplo de la Revolución rusa y de la propia URSS, cuya posición y prestigio salían muy reforzadas tras su victoria contra el nazismo emergiendo como la gran alternativa al sistema capitalista. Estas condiciones forzaban a que la propia burguesía se viera obligada a realizar concesiones para espantar el fantasma de una revolución, colocando a los trabajadores en una condición de fuerza que iba a permitir a los grandes partidos socialdemócratas y sus sindicatos impulsar en las siguientes décadas todo un conjunto de reformas que generarían la ficción de que el capital como sistema económico había superado definitivamente sus crisis y contradicciones, alcanzando altas tasas de crecimiento que permitieron conseguir la hasta entonces utópica meta del pleno empleo, mejorar las condiciones salariales y construir lo que se dio en llamar el estado del bienestar.

El punto de inflexión de la crisis de los 70.

Esta situación sin embargo no dejaba de ser fruto de una determinada coyuntura histórica y en ningún caso representaba el funcionamiento habitual del capitalismo. Esta realidad se puso de manifiesto en los años 70 con una nueva y profunda crisis que empezó a poner en cuestión los logros alcanzados desde el final de la guerra. En un contexto de estancamiento económico, alta inflación y gran endeudamiento los capitalistas vieron llegado el momento de cambiar el rumbo y empezar a recortar las conquistas conseguidas por los trabajadores, buscando con ello recuperar sus tasas de beneficio fuertemente mermadas por la crisis. Fue el llamado auge del neoliberalismo, que en verdad no era más que la vuelta a la verdadera realidad del capital, y que tuvo en Margaret Thatcher y Ronald Reagan sus grandes exponentes en la década de los años 80 del pasado siglo. Contra ellos unos partidos socialistas ya completamente asimilados por el sistema fueron incapaces de plantear una alternativa, e irían claudicando y aceptando todos los ataques y recortes que a lo largo de los siguientes años sufriría la clase obrera. Una rendición ideológica que todavía se haría más profunda tras la caída de la URRS y el periodo de reacción y contrarrevolución que se abriría a partir de ese momento. Después de abandonar el marxismo décadas atrás, los socialdemócratas ahora también abandonaban las políticas keynesianas de gasto público e intervención del estado, adoptando la llamada tercera vía o social-liberalismo, términos que simplemente eran un disfraz para ocultar su aceptación de la lógica capitalista y el aumento del grado de explotación que de forma inexorable estaban sufriendo los trabajadores. Muchos hitos marcarían este giro a la derecha, entre ellos cabe señalar como ejemplos el fracaso en Francia, a principios de los años 80, del gobierno de unidad del PSF de Mitterrand con el Partido Comunista, las sucesivas reformas laborales y las reconversiones industriales lanzadas por el PSOE en España, la continuidad por parte de Tony Blair de las políticas de Margaret Tatcher en los años 90 del siglo pasado y principios de este, los recortes sociales y laborales implantados por el gobierno Schroeder y el SPD en Alemania dentro de la llamada agenda 2010, y así muchos más.

La deriva continuaría, e incluso se agrandaría, con la crisis iniciada en el año 2007, lejos de plantar cara a los planes de austeridad impuestas desde el FMI y la Unión Europea la socialdemocracia iba a mostrar toda su bancarrota aceptándolos y haciéndolos suyos, abandonando en definitiva a su base social, las clases trabajadoras y populares, y plegándose a los intereses del gran capital. Toda esta situación está llevando uno tras otro a los antaño poderosos partidos socialistas a un callejón sin salida, casi desaparecidos en Grecia, de resultado malo en resultado peor en España, con la peor perspectiva electoral de su historia en Francia, aspirando simplemente a ser la muleta de la CDU de Angela Merkel en Alemania, o en el caso inglés con el surgimiento de una ala izquierda que ha aupado a Jeremy Corbin a la dirección del partido contra los intereses del hasta ahora dominante sector blairista.

En definitiva se evidencia que el reformismo y la gestión progresista del capitalismo se han convertido hoy en día en un imposible, dejando a la socialdemocracia totalmente desarmada y a merced de las necesidades y deseos de la burguesía y sus representantes. Un escenario que también afecta a la acción política del PSOE en el Estado Español y que, aunque como señalábamos tiene también otras características propias, está en la base de los problemas que el Partido Socialista viene atravesando en este último periodo.

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Acerca de Santiago Freire

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Responsable del Frente Ideológico de la Agrupación de Puente de Vallekas del PCM - PCE

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