Martes, 12 de diciembre de 2017
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Nota crítica para las luchas estudiantiles: “para no perder la brújula”

Vivimos tiempos difíciles para ser estudiante, esto es un hecho. Desde hace ya varios años el PP como estandarte, pero también sus cómplices, han intentado sistemáticamente destruir aquel significativo resultado de las luchas: aquello de que el hijo de un obrero pudiera ser catedrático pese a su condición social. Era, de hecho, algo a lo que lamentablemente nos acostumbramos pronto (y ahí es quizás donde comienzan los problemas). Interiorizamos muy pronto eso de que “tu futuro dependía de ti, de tu esfuerzo”. En realidad este eslogan nunca fue del todo verdad (ya que las barreras y obstáculos del sistema siempre te ponen sucias zancadillas), sin embargo si es verdad que hubo éxitos importantes, nada desdeñables. Aquello del “mérito” es algo que entendemos como de sentido común, algo aparentemente nada idealista, nada “nuevo”. El socialismo, la izquierda o los movimientos emancipadores no parecían muy seducidos por una idea “tan de sentido común”. Parecía como si los objetivos revolucionarios ya no se preocuparan por cosas como la educación, aquello sonaba demasiado infantil. Ellos fueron más listos, con su neoliberalismo revolucionario (que si era idealista) entendieron a la perfección que papel social guardaba la educación, y por ello, la re-estructuración que tenían que llevar a cabo para ajustarla a sus planes ideológicos. La derecha, una vez más, se enteró mucho mejor de que había en juego. Y, por cierto, han hecho que el lema “Juventud sin futuro” resulte algo tan material como un duro diamante. Han hecho, a base de expulsar a jóvenes del sistema educativo, que nos enteremos de que nos jugamos en la educación. Parece, aunque tampoco tengo muchas esperanzas (sobre todo en ciertos sectores), que estamos volviendo a entender algo de lo que nunca tuvimos que dejar de revindicar: el papel de la educación en un programa político.

Para no ser injustos a la memoria, fundamental la política tal y como creo que hay que entenderla, hubo algunos como Julio Anguita, Pepe Mújica o Fidel Castro que nunca perdieron la brújula en esto. Era fundamental para entender algo, pues no se trataba de pensar grandes cosas ni de inventar nuevos sistemas. Comparto con Chesterton aquello de que para ser revolucionario hace falta ser algo conservador o de lo contrario no se conservaría ninguna razón por la que ser revolucionario. Parece, insisto, todo muy obvio y sin embargo ha sido un error garrafal en los últimos años. El programa de los partidos de izquierda, o incluso a nivel de conciencia social, no entendió la importancia de la inversión pública en educación, la inserción de materias como educación para la ciudadanía, la necesidad de accesibilidad de la cultura o la importancia de construir una universidad libre del mercado y no libre para el mercado. Y, sin embargo, por intentar ser más subversivos que la subversión misma acabas defendiendo el programa educativo de Ciudadanos. Defiendes el cheque educativo, el Plan Bolonia, la expulsión de la filosofía y las humanidades de la enseñanza media, la fundición de la universidad y el mercado o medidas aún más originales. Y, además, tanto más originales eran las ocurrencias más gasolina se echaba a la ya maltrecha clase trabajadora. Era destructivo, no cabe duda, pues a los resultados me remito.

Por esta razón creo que desde la universidad, sea cual sea la situación (qué duda cabe que ahora con mayor motivo), es necesario no bajar la guardia y seguir pensando esto como uno de los punto vertebradores de nuestro programa político para el futuro. Para comprender esto un poco mejor me gustaría recordar una idea general que el filósofo H. Marcuse siempre mantenía latente en sus obras: es fundamental entender la liberación humana precisamente desde la huida de este sistema in-humano y criminal. Desde ahí es desde donde tenemos que pensar la verdadera condición de existencia de las cosas, incluido la propia existencia del ser humano. Tirando de esta idea creo que podemos entender muy bien hacia donde tienen que confluir nuestras luchas políticas, incluida la educativa como uno de los pilares fundamentales. Sólo derrumbando esta lógica de competitividad, de sacrificio, de mercantilización, podremos construir un programa educativo que merezca la pena. Un programa que no sea el apéndice ruinoso de una revolución del capitalismo avanzado. No se trata de inventar algo en este mundo que ya es suficientemente inverosímil, que ya ha perdido el sentido común. Por el contrario se trataría, como recuerda Schiller, de conducirnos a la libertad a través de la educación y, añadiría, entender que significa esto en condiciones capitalistas.

En resumen, no se trataría de luchar contra la escuela, ni contra la universidad, ni siquiera contra el maltrecho sindicato, sino, por el contrario, entender cuál es el papel subversivo de las instituciones. Puede atentar contra el orgullo revolucionario, pero creo que la escuela pública es verdaderamente un instrumento revolucionario, por mucho que en condiciones capitalistas los palos sean ya incontables. Sería bueno hacer entender a los jóvenes el mensaje que leí en una pancarta de una protesta educativa: “Vosotros no odiáis los Lunes, odiáis el capitalismo”. Y es que en estas condiciones la escuela puede ser un suplicio, los profesores parecer unos represores y el sistema de educación como un veneno anti-revolucionario. Y en realidad puede parecer así, pero la culpa no es de la escuela, ni de la universidad, sino de los palos que ha sufrido en los últimos años. Por esta razón creo que deberíamos identificar mejor a nuestros enemigos si no queremos acabar echando la culpa de los males de nuestra vida a los lunes, que por lo visto dicen que son malísimos si los comparamos con los viernes. A la universidad, decía Levi Strauss, hay que darle todo y no pedirle nada. Igual que no podemos nada a cambio cuando nos dan un abrazo, nos hacen un regalo o ayudamos a otro ser humano, no podemos pedir nada al conocimiento. Sólo aquellas cosas que no piden nada a cambio merecen ser llamadas “libres”. Esa es la brújula que nunca debería perder nuestra lucha.

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Acerca de Sergio Sigüenza

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Estudiante de Filosofía y Sociología en la UCM.

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